Érase una vez un niño que tuvo la suerte de conseguir un barco para él solo. Era un velero enorme; pero el niño era experto en cosas de vela y lo podía manejar sin ayuda.
Durante algunos años, navegó de isla en isla. Pero un día el tiempo empezó a empeorar. El cielo se llenó de nubes y el viento comenzó a soplar con tanta fuerza que las velas quedaron hechas jirones. El niño se dio cuenta enseguida de que aquella tormenta estaba dirigida contra él por algún enemigo que sabía magia negra; por eso bajó al camarote, cerró la puerta y esperó a ver qué pasaba.
–¡Ja, ja! ¡No pienses que estás solo! –dijo una voz perversa y cruel a sus espaldas.
El niño se volvió asustado y vio a un loro en la librería del camarote.
–¡Oh, Dios mío! –dijo el niño–. ¡Qué susto me has dado! Pensé que eras la bruja que ha causado la tormenta.