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As Cortes de Cádiz promulgan o Decreto I, de 24 se setembro, proclamando a  soberanía nacional.

Cádiz : 9

-Atención, que van a leer el papelito.

D. Manuel Luxán leyó.

-¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?

-¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberanía de la Nación.

-Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...

-Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos ha dicho.

-Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste juramento.

-Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con decirlo, sobraba lo demás.

-Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.

-Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito. ¿Cómo se llama?...

-D. Diego Muñoz Torrero.

-Parece que vuelve a hablar.

En efecto, Muñoz Torrero pronunció unsegundo discurso en apoyo de sus proposiciones.

-Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa -dijo la de Cisniega-. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable lo que ha dicho?

-Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.

-De modo, que según la Soberanía de la Nación, el gobierno del reino está dentro de este teatro.

-Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?

-Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer acto.

-Ahora habla Argüelles.

-¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y el oído?

-¡Cosa incomparable es esta! -expresó con entusiasmo doña Flora-. Diga usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad. Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y el número de los tunantes tendrá que ser menor.

-Sospecho que esto va a ser más brillante que útil -repuso la condesa-. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien; ¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?

Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día! ¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo! Procura que sea lo mismo el último.

Ya avanzada la noche, corrió un rumor por las tribunas. Los regentes iban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primer golpe de orgullo de la recién nacida soberanía, anhelosa de que se le hincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En los palcos unos decían: «Los regentesno juran»: y otros: «Vaya si jurarán».

-Yo creo que unos jurarán y otros no -dijo Amaranta-. Ellos han intentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontrado simpatías en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarán a las Cortes a paseo. Los débiles se arrastrarán en ese escenario, donde me parece que resuena todavía la voz del gracioso Querol y de la Carambilla, y besarán el escabel donde se sienta ese vejete verde, que es, si no me engaño, don Ramón Lázaro de Dou.

-¡Que juren! Con eso no habrá conflictos. Parece que hay tumulto abajo.

-Y también arriba, en el paraíso. El pueblo cree que está viendo representar el sainete de Castillo La casa de vecindad, y quiere tomar parte en la función. ¿No es verdad, Araceli?

-Sí señora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dará disgustos a las Cortes.

-El pueblo quiere que juren -dijo Flora.

-Y querrá también que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue de las bambalinas.

-Y fuera también hay marejadita.

-Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes.

-Los mismos. ¿No ve usted a Castaños, al viejo Saavedra?

-Detrás vienen Escaño y Lardizábal.

-¡Cómo! -exclamó la condesa con asombro-. ¿También jura Lardizábal? Ese es elmás orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ahí diciendo a todo el mundo que él se guardaría las Cortes en el bolsillo.

-Pues parece que jura.

-Ya no hay vergüenza en España... Pero no veo al obispo de Orense.

-El obispo de Orense no jura -murmuraron las tribunas en rumoroso coro.

Y en efecto, el obispo de Orense no juró. Hiciéronlo humildemente los otros cuatro, con mala gana sin duda. La opinión pública en general estaba muy pronunciada contra ellos. Levantose la sesión, y salimos todos, oyendo a nuestro paso las opiniones del público sobre el suceso que había puesto fin al solemne día. Casi todos decían:

-¡Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento con sangre entra.

-Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamará de 24 de Setiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma.

-Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandaría prender, y después...

-Si esos señores no quieren más que gobierno absoluto...

En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban así:

-¡Magnífico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compañeros! Humillar el poder real ante cuatro charlatanes...

-Veremos quién puede más -decían unos.

-Veremos quién más puede -respondían los otros.

Los dos bandos que habían nacido años antes y crecían lentamente, aunque todavía débiles, torpes y sin brío, iban sacudiendo los andadores, soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca, sintiendo que les nacían los dientes.

Los Cien Mil Hijos de San Luis : 5

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Llegué a la Seo el 14 de Agosto. ¡Qué viaje el de Benabarre a la Seo! Si antes todo se adaptaba al lisonjero estado de mi alma, después todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas las posadas insufribles, todos los días calorosos, y las noches todas tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo, mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un hombre.

Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me dijo sonriendo:

-Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. Infórmeme usted de lo que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo constituiremos la Regencia.

Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy ambicioso y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto las instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre sus compañeros de Regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida, de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del absolutismo. Una Regencia destinada a restablecer el Trono y el Altar, debió constituirse con gente de raza. Pero la edad revuelta que corríamos los exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba estercolarse para ser fecundada.

De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también el de más entendimiento; el más tolerante Eroles, y el más malo y antipático, D. Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era estudiante en 1808 y en 1816 teniente general. El otro de clérigo oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año 14.

Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de la Regencia. Después de publicar su célebre manifiesto, proclamaron solemnemente al Monarca, restituyéndole a la plenitud de sus derechos, según decíamos entonces. Levantóse en la plaza de la Seo un tablado, sobre el que un sacristán vestido de rey de armas gritó: «¡España por Fernando VII!» y luego dieron al viento una bandera en la cual las monjas habían bordado una cruz y aquellas palabras latinas que quieren decir: por este signo vencerás. Los altos castillos que coronan los montes en cuyo centro está sepultada la Seo hicieron salvas, y aquello en verdad parecía una proclamación en toda regla.

Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y rogativa pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y el cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de pistolas y los guerrilleros con vela en la mano, el general con crucifijo y el arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército de la fe, uniformado sólo con el gorro catalán habría parecido un ejército de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor.

Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del levantamiento nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas confundidas con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una pesadilla. Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi espíritu, y la bulla del pueblo me ponía los nervios en el más lastimoso desorden. Semejante Carnaval en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el mundo, era para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada naturaleza me salvó.

Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por mi amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de encontrar la persona o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón.

Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, había pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles que acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia, cuando llegué al funesto pueblo de Aragón ni un solo partidario del realismo quedaba en su recinto; el castillo había sido volado, y el mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto.

-¿Vivo? -pregunté.

-Vivo y cargado de cadenas -me contestó la misma mujer de aquella horrenda noche de Agosto-. Se iba muriendo por el camino; pero le daban comida y bebida para que no acabase de padecer.

No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque corrió por todo el pueblo esta horrible voz: ¡los liberales!, ¡que vienen los liberales!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y gastando bastante dinero pude escapar a Francia por Canfranc.

NOTA DEL AUTOR. Aquí concluye el primer fragmento de las curiosas Memorias. Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera del 23, resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la necesidad de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, que abreviaremos todo lo posible para que no se echen de menos por mucho tiempo las aventuras de la dama viajera, contadas por ella misma.

Última modificación: xoves, 23 de abril de 2020, 5:00 PM