Textos complementarios de Descartes
Texto1.
Así pues, sólo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo que no pueda proceder de mí mismo. Por "Dios" entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es que existe alguna). Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más atentamente lo considero, menos convencido estoy de que una idea así pueda proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe. Pues, aunque yo tenga la idea de sustancia en virtud de ser yo una sustancia, no podría tener la idea de una sustancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una sustancia que verdaderamente fuese infinita. Descartes, “Meditaciones Metafísicas”. Meditación tercera. De Dios; que existe.
Texto 2.
Pues bien, de esas ideas, unas me parecen nacidas conmigo, otras extrañas y venidas
de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues tener la facultad de
concebir lo que es en general una cosa, o una verdad, o un pensamiento, me parece
proceder únicamente de mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol,
si siento el calor, he juzgado hasta el presente que esos sentimientos procedían de
ciertas cosas existentes fuera de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los
hipogrifos y otras quimeras de ese género, son ficciones e invenciones de mi espíritu.
Pero también podría persuadirme de que todas las ideas son del género de las que
llamo extrañas y venidas de fuera, o de que han nacido todas conmigo, o de que todas
han sido hechas por mí, pues aún no he descubierto su verdadero origen. Y lo que
principalmente debo hacer, en este lugar, es considerar, respecto de aquellas que me
parecen proceder de ciertos objetos que están fuera mí, qué razones me fuerzan a
creerlas semejantes a esos objetos.
René Descartes. Meditaciones Metafísicas. Tercera Meditación
Texto 3.
Hacía tiempo que había advertido que, en relación con las costumbres, es necesario en
algunas ocasiones opiniones muy inciertas tal como si fuesen indudables, según he
advertido anteriormente. Pero puesto que deseaba entregarme solamente a la búsqueda
de la verdad, opinaba que era preciso que hiciese todo lo contrario y que rechazase como
absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de
comprobar si, después de hacer esto, no quedaría algo en mi creencia que fuese
enteramente indudable. Así pues, considerando que nuestros sentidos en algunas
ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no existía cosa alguna que fuese tal
como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen hombres que se equivocan al razonar en
cuestiones relacionadas con las más sencillas materias de la geometría y que incurren en
paralogismos, juzgando que yo, como cualquier otro estaba sujeto a error, rechazaba
como falsas todas las razones que hasta entonces había admitido como demostraciones. Y,
finalmente, considerado que hasta los pensamientos que tenemos cuando estamos
despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin que ninguno en tal estado sea
verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que hasta entonces habían alcanzado mi
espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.
R. Descartes: Discurso del método.
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