Como narrador, Cervantes experimentará, en mayor o menor medida, con todas las formas narrativas aparecidas en el siglo XVI, de ahí que se le considere una figura clave en la renovación de los géneros literarios que se dará en el Barroco. Aparte del Quijote, Cervantes escribió las siguientes obras narrativas:
La Galatea (1585), su primera novela, es una novela pastoril, por lo que, siguiendo los moldes del género, se trata el tema de los amores entre pastores en un marco idealizado. Además, incluye en ella Cervantes, digresiones de crítica literaria y juicios teóricos.
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, última novela de Cervantes, publicada póstuma en 1617, sigue el modelo de las novelas de bizantinas. En ella se narran las aventuras de dos príncipes nórdicos que viven una serie de peripecias en su larga peregrinación desde el norte de Europa hasta Roma, donde se casan ante el Papa. En esta novela, Cervantes es consciente de la importancia de la verosimilitud, por lo que trata de que los hechos relatados resulten creíbles.
Entre medias y tras el éxito de la primera parte del Quijote, Cervantes publica en 1613 una colección de relatos cortos al modo de las novelas cortas italianas. Se trata de las Novelas ejemplares, que serían la obra cumbre del autor de no haber escrito el Quijote. El adjetivo "ejemplares" establece un vínculo con los "exempla" medievales, pues, como explica el propio Cervantes en su prólogo, "no hay de ninguna de ellas de las que no se pueda sacar ningún provecho". Sin embargo, no es cierto que todos los relatos aporten una lección moral, aunque sí todos ellos son modelos o "ejemplos" de creación literaria. Aunque el conjunto se caracteriza por su variedad, suelen ser agrupadas en dos series: novelas realistas frente a novelas idealistas.
